Realidad Onírica


Segundo piso
septiembre 20, 2010, 1:28 pm
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Felicidad, que buen título para un poema, se decía Marián dentro de su bañera llena de esponjosa espuma blanca y olor a moras. Entre el vaho del espejo se podía reflejar con dificultad el rostro relajado de Marián, ligeramente enrojecido por el calor del baño. Ese era uno de sus momentos más preciados después de un día duro y cansado en el bar donde trabajaba. A Marían le gustaba su monotonía, su soledad, su esencia de olor a moras y el cacao caliente que cenaba cada noche. Su felicidad se resumía a pequeñas cosas que le hacían sentir bien, como por ejemplo que un peculiar y habitual cliente que estrenaba corbata cada mañana, le dedicase un poema así titulado: Felicidad.

Ángela Alonso Moreno



Primer piso
septiembre 14, 2010, 12:22 pm
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Plácido era el nombre de aquel hombre con sonrisa embadurnada y mirada aferrada a un rostro conocido por todo el barrio, un rostro plácido y sereno. Cada mañana se levantaba con los gemidos del violín del hijo de un vecino que intentaba aprender a tocarlo, se despertaba sobresaltado pero siempre con su gesto plácido. Se afeitaba a cuchilla mientras que el café se iba haciendo. Empleaba diez minutos en escoger corbata, pues su armario estaba inundado por estas prendas que había heredado de su padre, que era viajante. Hoy escogió una azul marina con topos blancos, metáforas de la vida o simple coincidencia pues hoy Plácido había estado pensando en que no era otra cosa que un lunar más entre la sociedad, que pasaba desapercibido ante el mundo pero que era reconocido entre sus vecinos. Plácido no pedía nada más, era feliz recorriendo cada mañana los comercios y bares del barrio, saludando a sus vecinos con su afable tono de voz  y su corbata matutina.

Ángela Alonso Moreno



Nueva vida
agosto 9, 2008, 10:35 pm
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Amaneció sentada en el banco de su jardín, con la ropa mojada por el rocío de la noche, los pies descalzos y fríos y el pelo desaliñado. No recordaba con claridad por qué no habia entrado en casa para dormir ni que hacía allí sentada. La verja permanecía entreabierta y el sol pasaba por cada recoveco hasta reflejarse en la hierba fresca. “Hacía un día maravilloso” pensó, como intentando volver a la normalidad, pretendiendo darle carácter lógico a lo que le había pasado. Estaba desconcertada pero se decidió a levantarse y ponerse en marcha para tomar un café y una tostada y recoger un poco. No pudo, sus piernas no le respondieron. Se le hacía difícil acostumbrarse a su nueva vida, ya no se acordaba del accidente que había tenido la semana pasada. Miró hacia su izquierda y apreció su silla de ruedas al lado del banco.

ÁngelaAlonsoMoreno



Hiperbreves
agosto 6, 2008, 12:39 am
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Optimismo

Ayer lloré…

pero he decidido que ya no, si, eso es, ya no voy a llorar nunca más.


Se acabó el picar cebolla en esta casa.

Conciencias marchitas

En la isla de los melocotones podridos

podridos están los corazones

no caben sonrisas

ni tampoco cítricos.

Protección solar

Dices que tu vida te ahoga, que estás agotada y que al final terminas “quemada”…

pues no vamos más a la playa y listo.

Para los desamores, cambio climático.

Cada vez que salga el sol piensa en él,

verás que pronto lo olvidas.

Ángela Alonso Moreno



Otra oportunidad
mayo 31, 2008, 11:37 pm
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No quiso decir nada más, tan solo le pidió perdón por los tres meses de pensión de la niña que no pudo pagar. Ella le agradeció el café y una vez más en ese mismo bar se conocieron. Se besaron.

Ángela Alonso Moreno



Microrelato
noviembre 11, 2007, 11:57 pm
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La muerte de mi esposa

 

 

Llegó el momento de las visitas. Maquillaron mi rostro para darle el toque de viveza que la palidez había menguado, me pusieron mi mejor traje, que llevaba esperando en el armario desde hace años, esperando un motivo para vestirlo…Me venía un poco grande, pero no dejaba de estar elegante.

La gente comenzó a desfilar por donde yo me había acomododado, me miraban, suspiraban, me cogían la mano y las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos…por aquí pasó casi toda la familia…el tío Andrés, el primo Luís, la tita Lola, sus hijos Juan y Roberto y su novia, la abuela María Rosa y el abuelo Enrique… Nunca había visto a tantas personas queridas juntas, “es una pena que solo nos reunamos en ocasiones como estas” repetía mi sobrina…

Un molesto llanto inundaba la sala, era mi hija Lourdes, la pobre, se nos iba a casar la semana que viene, han aplazado la boda y todo, es lógico, después de esta pérdida está destrozada…su madre siempre ha sido su mejor amiga.

Quise levantarme y darle un fuerte abrazo para consolarla, pero ninguna extremidad de mi cuerpo respondió. En ese momento Encarna, mi esposa, entró vestida de negro en la sala.



Aplastamiento de las gotas. Julio Cortázar
octubre 14, 2007, 12:36 am
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Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar