Amaneció sentada en el banco de su jardín, con la ropa mojada por el rocío de la noche, los pies descalzos y fríos y el pelo desaliñado. No recordaba con claridad por qué no habia entrado en casa para dormir ni que hacía allí sentada. La verja permanecía entreabierta y el sol pasaba por cada recoveco hasta reflejarse en la hierba fresca. “Hacía un día maravilloso” pensó, como intentando volver a la normalidad, pretendiendo darle carácter lógico a lo que le había pasado. Estaba desconcertada pero se decidió a levantarse y ponerse en marcha para tomar un café y una tostada y recoger un poco. No pudo, sus piernas no le respondieron. Se le hacía difícil acostumbrarse a su nueva vida, ya no se acordaba del accidente que había tenido la semana pasada. Miró hacia su izquierda y apreció su silla de ruedas al lado del banco.
ÁngelaAlonsoMoreno
Ayer lloré…
pero he decidido que ya no, si, eso es, ya no voy a llorar nunca más.
Se acabó el picar cebolla en esta casa.
Conciencias marchitas
En la isla de los melocotones podridos
podridos están los corazones
no caben sonrisas
ni tampoco cítricos.
Protección solar
Dices que tu vida te ahoga, que estás agotada y que al final terminas “quemada”…
pues no vamos más a la playa y listo.
Para los desamores, cambio climático.
Cada vez que salga el sol piensa en él,
verás que pronto lo olvidas.
Ángela Alonso Moreno
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No quiso decir nada más, tan solo le pidió perdón por los tres meses de pensión de la niña que no pudo pagar. Ella le agradeció el café y una vez más en ese mismo bar se conocieron. Se besaron.
Ángela Alonso Moreno
La muerte de mi esposa
Llegó el momento de las visitas. Maquillaron mi rostro para darle el toque de viveza que la palidez había menguado, me pusieron mi mejor traje, que llevaba esperando en el armario desde hace años, esperando un motivo para vestirlo…Me venía un poco grande, pero no dejaba de estar elegante.
La gente comenzó a desfilar por donde yo me había acomododado, me miraban, suspiraban, me cogían la mano y las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos…por aquí pasó casi toda la familia…el tío Andrés, el primo Luís, la tita Lola, sus hijos Juan y Roberto y su novia, la abuela María Rosa y el abuelo Enrique… Nunca había visto a tantas personas queridas juntas, “es una pena que solo nos reunamos en ocasiones como estas” repetía mi sobrina…
Un molesto llanto inundaba la sala, era mi hija Lourdes, la pobre, se nos iba a casar la semana que viene, han aplazado la boda y todo, es lógico, después de esta pérdida está destrozada…su madre siempre ha sido su mejor amiga.
Quise levantarme y darle un fuerte abrazo para consolarla, pero ninguna extremidad de mi cuerpo respondió. En ese momento Encarna, mi esposa, entró vestida de negro en la sala.

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
Otro de mis microrrelatillos…
“Amor caduca”
-Gracias por todo la vida que me has dado desde que estás conmigo.
Gracias por ese brillo especial que le das a mis días, antes eran tan
tristes, tan monótonos...
Es poco agradecerte lo que has hecho por mí, yo lo he intentando todo para salvar lo nuestro, de verdad, siempre intenté poner las cosas claras dándote más luz, cambiándote de ambientes, incluso comprándote nuevos productos de esos que tanto te gustan, te pones tan guapa cuando los usas...me encantaba la manera que tenías de devolverme esos detalles...
Todas esas noches observando tu perfección mientras dormías, cuando
dejábamos la ventana entreabierta y la luz de la luna se reflejaba en tu
piel...
Ahora ya estás cansada, lo sé, entiendo que te hayas aburrido de mí todos
estos años, quizás debería haber tenido más detalles contigo...no sé, alguna
que otra flor de vez en cuando alegraría la cocina, ya que allí solías pasar todo
el día, tú eras la reina...
De esta manera Enrique se despedía de su querida Azalea, mientras la tiraba
al cubo de residuos orgánicos:
-Ninguna otra planta cubrirá tu lugar.
Acabo de escribir este microrrelato, a ver que os parece
Vuelo inesperado

Fue un día duro. El mensaje que me dejó Enrique ésta mañana sobre la mesa de la cocina fue el puntito que le faltaba a mi cabeza para volverse loca: tenemos que hablar, esto no puede seguir así. ¿El qué no puede seguir así? Le di vueltas a la cabeza durante todo el día, en clase, en el trabajo, en la cafetería… Enrique no contestaba a mis mensajes y el mundo se me venía encima. Lo és todo para mi, y sin él no puedo imaginar mi vida, en mi mundo solo estamos él y yo, no tengo a nadie más, pero aunque lo tuviera, no cabría en mi mundo, en nuestro mundo.
Subí a casa a por Pancho para sacarlo a pasear un rato por el parque, a pesar de todo, estaba un día precioso, el cielo azul turquesa y unas nubecillas pálidas que comenzaban a llamar a la noche. Me tumbé en la hierba, estaba mojada, quizás los aspersores habían estado funcionando hace poco…Me daba igual, ahora solo estábamos el cielo y yo, las nubes y el sol. Me sentí libre por un momento y una sonrisa se escapó de mi intranquilo rostro. Quise llorar pero no me salían las lágrimas, después de todo, quizás era felíz, quizás no necesitaba a Enrique…ultimamente siempre discutíamos, me ponía nerviosa que me hablara constantemente de su trabajo y de su compañera Elisa…a veces los celos me podían y me frustraba el ir a buscarlo a la oficina y no encontrar nada sospechoso. ¿Realmente eran celos? En ese momento mi cabeza era un auténtico nido de dudas y de rencores, pero a la vez me sentía más viva que nunca… En ese instante quise volar..¡a la mierda todo! Ya se había hecho de noche y yo seguía paseando con Pancho, pensando y sobre todo volando…
Llegué a casa y Enrique me dijo que esto no podía seguir así, que me amaba y que aceptara casarme con él de una vez por todas…
Espero que os haya gustado, comentad lo que queráis sobre él.
Saludos



